La milonga: algo más que un lugar de encuentro
El Tango y yo
Los que me conocen saben que mi relación con el tango es una relación tardía, aunque no nueva. Lamentablemente, me acerqué a él hace muy poco tiempo para vivirlo de manera intensa y lúdica. Antes, en mi infancia, el tango había sido la banda sonora de mi casa, Gardel reinaba en el tocadiscos de mis padres y la mesa del salón salía huyendo muy a menudo hacia el rincón para dejar hueco a los milongueros caseros que fueron ellos. Pero entonces aún no calaba el tango en mis huesos, no formaba parte intrínseca de mí. Cuando ya retirado me acerqué a él, las letras de los tangos fluían a mi voz como el idioma que, aprendido de niño, emerge de manera automática y natural.
Hoy, en 2026, mis condiciones físicas no me permiten bailar como lo hacía antes, así que he dejado de ir a las milongas. Pero el tango está bien presente en mi vida, con la música y con los recuerdos. Gente cercana nunca lo entendió. Es más: en el fondo le molestaba. Les parecía bailar tango una rotunda falta de seriedad, una vacuidad superficial que solo estába justificada por un hipotético deseo de acercarme a otras mujeres. No tenían ni tienen ni idea. Son personas que nunca han pisado un museo, un concierto, han atacado la lectura de un poema o han abierto un libro de viajes. Por eso su opinión no me importa en absoluto, más aún: la ignoro de manera clara y rotunda.
Siempre se ha dicho que el tango es un
reflejo de la vida diaria. En él se perciben situaciones de lo más común. El
amor -y su contrario, el desamor, que viene, al fin, siendo la misma cosa- está omnipresente, pero
también la amistad, la alegría, el trabajo, los deportes o incluso la muerte. Y
en el mundo milonguero ocurre igual. Hay de todo. Gente amable, cordial y entrañable,
pero también he conocido, en mi corta vida tanguera, hombres que ni te saludan
al llegar a la milonga -donde todos, generalmente, nos conocemos-, que te miran
por encima del hombro por el simple hecho de que saben hacer figuritas sobre la
pista que tú ni soñarías, hombres que sí van a ligar, viejos verdes que hasta tienen la desfachatez de pedirle a las chicas que bailan con ellos que se abracen de determinada forma... hombres, para mí, odiosos que denigran la figura del milonguero auténtico; mujeres que te niegan una tanda porque les parece que
no llegas a su nivel de diva de la milonga, otras que, olvidándose de las más
elementales reglas, te corrigen en pleno baile si lo creen conveniente o
aquellas jóvenes milongueras que declinan tu invitación solo porque eres
demasiado viejo... para ellas.
A todos estos personajes que acabo de describir no puedo, sin embargo, más que darles las gracias. Las gracias efusivas porque ellos me han enseñando qué es lo que NO SE DEBE HACER. Gracias a ellos he procurado sacar a bailar a las chicas independientemente de si bailan bien, mejor o peor. A las novatas, que consideran tu invitación caída del cielo, ya que pocos las cabecean; a las mayores o menos agraciadas, que salen de la milonga tal cual entraron, sin bailar. Procuraba, de los que saben, aprender humildemente, tomar nota y practicar en casa, ni siquiera intentar hacer valer mi baile frente a otros. Eso lo dejo para los que necesitan reafirmarse en su papel de guapos de pacotilla.
En fin... el tango, para mí, representa el acercamiento a otra persona que siente la música como yo, que valora la calidez del abrazo, que disfruta de su sensualidad seas joven, viejo, guapo o feo. Que se deja llevar por las historias cantadas o por las músicas bailadas. Son las personas que crean un mundo de ilusión de tres minutos y que te ofrecen su alma y su cuerpo para compartirlos contigo al son del 2 x 4.
A esos, a esas, también les estoy enormemente agradecido. Por lo que dan. Por lo que, de buena fe, reciben de ti. Por hacer del tango un espacio común y entrañable.
